Vistas de página en total

miércoles, 15 de enero de 2014

La herencia de la conquista

El conformismo mostrado por gran parte de la población, a raíz de lo que ocurre en nuestro país en las últimas décadas, es el producto de una historia donde abundan los corruptos, ladrones, traidores, vende-patrias, ineptos y lame-botas en la clase gobernante que hemos padecido desde hace 200 años como país “independiente”. Esta actitud se ha acentuado desde el sexenio del corrupto Salinas, pasando por el del burro de Fox, el sexenio sangriento del alcohólico FeCal, hasta el sexenio actual del iletrado EPN, el pueblo mexicano ha sido prácticamente obligado a tener un comportamiento tibio ante las vejaciones, injusticias, imposiciones, robos, aumento de impuestos, violencia y fraudes electorales que, con cinismo, realizan los políticos manejados como títeres por los poderes fácticos (grandes empresarios, televisoras e iglesia católica) que, como bien lo establece el historiador Dr. Lorenzo Meyer en su último libro, “Nuestra Tragedia Persistente. La democracia autoritaria en México”, utilizan al Estado Mexicano como simple intermediario para alcanzar sus objetivos económicos y de poder.

Las armas de los conquistadores españoles y las cruces de los misioneros que los acompañaron en la masacre de indígenas en América, doblegaron el orgullo de las grandes culturas mesoamericanas y, en una labor iniciada hace 500 años, han metido en cada cabeza del mexicano que debemos aceptar la vida que el destino nos ha tocado y que, si dicho destino fuera de pobreza y sufrimiento, habría una recompensa celestial cuando la vida terrestre acabara, ¡qué estupidez!

Pero la humanidad mantiene un equilibrio, así como las leyes físicas lo hacen en el Universo, al contar con una parte de la población que cuestiona el “status quo”; esto es, cuestiona lo establecido, lo acostumbrado, lo tradicional. ¿Qué sería de nosotros sin éstas personas? Gracias a Copérnico y Galileo que cuestionaron el dogma religioso de que La Tierra era el centro del Universo y retaron a la autoridad de la iglesia católica (ya conocida entonces como la Puta de Babilonia); gracias a los químicos que cuestionaron la creencia de que la materia se constituye solo de aire, agua, fuego y tierra; gracias a Isaac Newton que le dio sentido a las fuerzas que nos sostienen pegados a La Tierra y que están presenten en todo el universo; gracias a Niels Bhor que describe, a través de la física cuántica, el universo de lo pequeño; gracias a Albert Einstein que con sus estudios sobre la relatividad ha hecho más comprensible el cosmos; gracias a Stephen Hawking quien ha demostrado que el tiempo se creó con el Big Bang hace 14 mil millones de años por lo que no es posible creer en la existencia de un dios antes de la gran explosión, a pesar de la exigencia del misógeno juan pablo II para que no lo estudiara; gracias a Friedrich Nietzsche que cuestionó la práctica religiosa, en especial la católica, y nos insta a tener dignidad y ser verdaderos hombres (el superhombre según él) al dejar de humillarse, autoflagelarse, hincarse, persignarse y arrodillarse ante ídolos de piedra, madera y yeso; gracias a Bertrand Russell quien cuestionó la enseñanza basada en dogmas religiosos ya que genera sociedades hipócritas, oscurantistas e intolerantes y pugnaba porque el libre pensamiento, la razón y el sentido común fluyeran en cada esquina de las aulas de clases de nuestras escuelas.

El Dr. Lorenzo Meyer, en la obra citada, relaciona a aquellos que cuestionan el “status quo” con los que “mandan al diablo a las instituciones” cuando éstas dejan de funcionar para lo que fueron creadas. Así Hidalgo mandó al diablo las instituciones virreinales cuando impedían a los criollos americanos compartir el poder con los españoles peninsulares; Don Benito Juárez mandó al diablo a la iglesia católica (por eso en toda escuela religiosa enseñan a odiarlo) y la separó del Estado Mexicano cuando ésta (la iglesia) se sentía dueña de gran parte del país y se consideraba como un estado dentro de otro, como sucede entre el Vaticano e Italia; Villa y Zapata mandaron al diablo a las instituciones porfirianas cuando la impartición de la justicia y la propiedad de la tierra era solo derecho de los pudientes.

Pero, ¿quiénes en verdad han mandado al diablo a las instituciones denigrándolas y colocándolas en una percepción de desconfianza e incredulidad?. El Dr. Meyer pone como ejemplos recientes, al burro de Fox pues denigró a la institución presidencial delegando el poder en su ambiciosa esposa Martha Sahagún y haciéndose maje en las corruptelas de sus entenados, los hermanos Bribiesca, FeCal utilizó al ejército para validar el fraude electoral que lo llevó al poder y ha dejado a Michoacán, y a gran parte del país, en un baño de sangre literal; el Tribunal Federal Electoral, garante de que las elecciones sean justas y equitativas, acabó con su credibilidad cuando, a pesar de aceptar la injerencia de Fox en las elecciones del 2006, no quiso hacer nada con el argumento de que no se podía valorar que tanto pudo haber influido en el 0.56% de diferencia entre FeCal y AMLO, además del fraude cibernético llevado a cabo por Hildebrando, el hermano de Margarita Zavala, tampoco hizo nada con respecto a la compra de la población votante por Peña Nieto ni a la injerencia de Televisa para imponer a su candidato; la Suprema Corte de Justicia mandó al diablo la creencia de una impartición de la justicia justa al no encontrar responsable en el asesinato de un hombre y la violación de mujeres ocurrida por la policía estatal y federal en San Salvador Atenco no importando que Peña Nieto haya declarado que él fue quien autorizó el uso de la fuerza sobre los habitantes de esa comunidad, tampoco se encontraron responsables en el incendio de la guardería ABC donde murieron decenas de niños ni en el acoso judicial hacia la periodista Lidia Cacho por parte del “Gober precioso” Mario Marín y su mafia de pederastas.


La sociedad evoluciona y avanza por aquellos que cuestionan lo establecido, y mantenemos la esperanza de tiempos mejores para nuestro país. Yo lo quiero ver antes de morir.